La estación de Ikebukuro se empezaba a congestionar
como de costumbre, afortunadamente para Erika, al ser la primera estación de la
línea de Marunouchi, podía al menos darse el lujo de escoger el vagón en el
cuál quisiera conmutarse. Al igual que todos los japoneses, siempre evitaba el
número cuatro, así que dicha mañana decidió hacer fila en el tercer vagón.
Erika, de 27 años, era una mujer de grandes atractivos y así mismo muy
meticulosa. Todas las mañanas llegaba a la estación cuarenta minutos antes de
que pasara el tren que tomaba para ir al trabajo y así evitar ser empujada por
el señor de los guantes blancos que cada mañana ensartaba a los pasajeros en
los vagones como si fueran sardinas enlatadas. Al llegar temprano por lo menos
gozaba de la tranquilidad de ingresar al vehículo por voluntad propia. Otros de
los beneficios incluía alcanzar de vez en cuando a obtener un asiento en el
metro, dormir y evitar que se arrugara su uniforme, que se despeinara o que se
ensuciaran sus zapatos con el contacto con otras personas.
Un poco adormilada empezó a notar como poco a
poco caras desconocidas se a conglomeraban detrás de ella, entre el sin fin de
personas le pareció ver una cara conocida en la fila del segundo vagón. A pesar
de tener un color de pelo distinto y una barba desaliñada Erika estaba segura
que aquel hombre con paraguas grande y mirada perdida era su amigo de la infancia
Toru Toyoda.
La última vez que Erika habló con su amigo,
este se encontraba a punto de iniciar un doctorado en física aplicada en la
Universidad de Tokio. Toru siempre había sido un hombre brillante, se graduó
con honores de aquella universidad, la más prestigiosa de Japón, hizo una
maestría en la misma área y aún siendo estudiante fue reclutado por entidades
gubernamentales para trabajar como investigador. Pero Toru había desaparecido
hacía un año, cortó comunicación con todos sus familiares y amigos (incluida
Erika), retirándose de la universidad, el trabajo, cambiando de residencia y
dejando solo una nota que decía: “Me encuentro bien, Aleph me llama”.
Erika trató desesperadamente de llamar a su
amigo, pero su voz se vio opacada por el sonido del metro que se acercaba
rápidamente. Cuando decidió salir de la fila y hacer contacto con aquel que
consideraba era su amigo se dio cuenta que ya era muy tarde, el vehículo ya
había abierto las puertas y tanto él como ella ya habían sido arrastrados hacia
las entrañas de los vagones por el señor de los guantes blancos.
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