viernes, 26 de mayo de 2017

Uematsu (II)

La estación de Ikebukuro se empezaba a congestionar como de costumbre, afortunadamente para Erika, al ser la primera estación de la línea de Marunouchi, podía al menos darse el lujo de escoger el vagón en el cuál quisiera conmutarse. Al igual que todos los japoneses, siempre evitaba el número cuatro, así que dicha mañana decidió hacer fila en el tercer vagón. Erika, de 27 años, era una mujer de grandes atractivos y así mismo muy meticulosa. Todas las mañanas llegaba a la estación cuarenta minutos antes de que pasara el tren que tomaba para ir al trabajo y así evitar ser empujada por el señor de los guantes blancos que cada mañana ensartaba a los pasajeros en los vagones como si fueran sardinas enlatadas. Al llegar temprano por lo menos gozaba de la tranquilidad de ingresar al vehículo por voluntad propia. Otros de los beneficios incluía alcanzar de vez en cuando a obtener un asiento en el metro, dormir y evitar que se arrugara su uniforme, que se despeinara o que se ensuciaran sus zapatos con el contacto con otras personas.
Un poco adormilada empezó a notar como poco a poco caras desconocidas se a conglomeraban detrás de ella, entre el sin fin de personas le pareció ver una cara conocida en la fila del segundo vagón. A pesar de tener un color de pelo distinto y una barba desaliñada Erika estaba segura que aquel hombre con paraguas grande y mirada perdida era su amigo de la infancia Toru Toyoda.
La última vez que Erika habló con su amigo, este se encontraba a punto de iniciar un doctorado en física aplicada en la Universidad de Tokio. Toru siempre había sido un hombre brillante, se graduó con honores de aquella universidad, la más prestigiosa de Japón, hizo una maestría en la misma área y aún siendo estudiante fue reclutado por entidades gubernamentales para trabajar como investigador. Pero Toru había desaparecido hacía un año, cortó comunicación con todos sus familiares y amigos (incluida Erika), retirándose de la universidad, el trabajo, cambiando de residencia y dejando solo una nota que decía: “Me encuentro bien, Aleph me llama”.

Erika trató desesperadamente de llamar a su amigo, pero su voz se vio opacada por el sonido del metro que se acercaba rápidamente. Cuando decidió salir de la fila y hacer contacto con aquel que consideraba era su amigo se dio cuenta que ya era muy tarde, el vehículo ya había abierto las puertas y tanto él como ella ya habían sido arrastrados hacia las entrañas de los vagones por el señor de los guantes blancos.

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