Veo un espacio blanco, infinito. Veo caminos en formas dendritas, veo bifurcaciones, extensiones, conexiones tan poderosas que al pararme y detallar el paisaje me siento desvalida, frustrada y limitada. En cada borde hay un destello y en cada destello una posibilidad. Las posibilidades me consumen, me matan lentamente, me desgastan. ¿Cuál es el objeto de tener un camino infinito ante tus ojos si no puedes siquiera colocar un pie en el? Quedarse quieto y presenciar destellos ¿Qué clase de broma macabra es esta?
Toda esta panorámica me enoja y me asusta. Con cada suposición llega una maldición, con cada suspiro el peso aumenta, poco a poco me convierto en una estatua, o simplemente en una piedra que otros pies patean, pisan y sacan del camino. Una piedra, un estorbo, un mugre, no hay diferencia.
Al parecer el tiempo en este espacio se presenta como un asesino silencio, como un dios despiadado y orgulloso, que transforma, manipula y abandona. Aquí un segundo basta para que me convierta en números, datos, en aire, en vacío, en un espacio, un proceso, en una incógnita. Un segundo basta para que la piedra se pulverice, para que el destello ocurra, para dejar clara mi inexistencia.
Y cuando el destello se apaga, la posibilidad se une a la suposición, mi alma se corroe, el camino deja de ser camino y el espacio se limita. Como consecuencia el ser se encarcela, y yo, la piedra, estorbo o mugre que observa, me vuelvo tan diminuta que pierdo significado, sentido. Acto seguido las dendritas se multiplican y me absorben, devoran mis rastros, mis ecos. No queda nada, no queda quien observe, pero ahora soy parte de algo, cruel e inerme, en un espacio finito y negro donde el camino se pierde.
No hay comentarios:
Publicar un comentario