sábado, 23 de mayo de 2015

V de zorro.

Tu mejilla se presentó como un regalo inesperado, como un asomo del deseo, como una vergüenza tardía. Repetía ese pequeño instante y gritaba, me sonrojaba. Descubrí mi inocencia y la emoción que produce adorar a alguien. Y la pena me impidió ver más allá de mi propia preocupación. 

Desde ese día sólo recuerdo tu cara y trato de imaginar que expresión hiciste, qué dijeron aquellos que te acompañaban, que pensaste, que sentiste, ¿Se te hizo extraño? ¡Agh! Que agobiante es no poder darle poca importancia a un acto tan sencillo, tan común, tan irrelevante para alguien normal.

Y me siento tonta y perturbada, por dejar que mi vergüenza distorsione aquel momento, tal vez porque no quiero aceptar la verdadera dimensión del espacio que ocupas en mi cerebro, porque eres esa persona que desvía mi mirada, esa persona que evito, esa persona que a pesar de que no deseo soy muy consciente de su existencia. 

Siempre has sido un gesto, una sonrisa, ¿el coqueteo?, el nuevo truco, el saludo lleno de confianza. Yo siempre he sido la respuesta tímida, la mínima palabra, la mirada, la submirada, la sonrisa y nuevamente la mirada. Sé que la curiosidad me inunda cuando estás al frente, pero tal vez eso sea todo, curiosidad, y a lo mejor a medida que te vaya descubriendo, todo eso terminará. Pero hay algo que sí sé con certeza y es que me gusta verte, escucharte, hablar contigo, que me encanta tu sonrisa, tu mirada astuta, pero no en un sentido romántico, y que tal vez te veo como una adolescente ve a su ídolo, con cierta fascinación y adoración. Extraño ¿Verdad?


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