Empecemos con una sonrisa, tu sonrisa, que se camufla con la sombrilla que sostienes injustamente para que no me moje. Tu hombro empapado es una víctima de una felicidad oculta, de aquello que sentimos pero no nos atrevemos a tocar.
El mundo se detiene bajo tu sombrilla, cada gota, cada persona pasa en cámara lenta, pero mi corazón no se detiene y late con tanta rapidez que siento que se sale de mi pecho. Ahora sonrío y no hay forma, ni tela, ni luz, que pueda ocultarlo.
Sigamos con tu mano, la cual busca una excusa para envolver mi espalda. Es adorable ver como con torpeza la acercas, la chocas, retrocedes e intentas de nuevo. Yo solo te observo y suelto una carcajada.
Finalmente de golpe te decides, me agarras por detrás y aprietas con fuerza "No quiero que te mojes" me dices. Cada parte que tocas se vuelve cálida y se irradia por todo mi cuerpo. Volteamos nuestra miradas tímidamente el uno hacia otro, entre nuestro rostros solo hay unos centímetros de distancia. Sonreímos.
Ambos sabemos que está ocurriendo y ambos decidimos optar por este ruidoso silencio. Y así, poco a poco los centímetros se van convirtiendo en milímetros y finalmente se convierten en nada... O más bien en todo.
No hay felicidad más grande que aquella que se produce con simpleza. No hay felicidad más grande que estar bajo la lluvia contigo.
P.T.
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