Al
despertarme sentí la presciencia de uno de ellos al frente de mi cama,
rápidamente , para evitar tener contacto con sus ojos, al abrir los míos,
dirigí mi mirada hacia el techo. Este se veía más alto, más lejano, más opaco
de lo que recordaba, aunque decir “recordaba” es algo bastante dudoso, teniendo en cuenta que nunca
me fijo detalladamente en cosas como mi techo ni nada por el estilo.
Al
ver una pequeña mancha, recordé inmediatamente la presencia de aquel que me
observaba, así que rápidamente me levanté de mi cama , y evitando verlo, me dirigí
al baño, me lavé la cara, me puse algo cómodo y salí de mi habitación hacia el
pasillo de los dormitorios.
Esta
no fue una muy buena idea y allí, en dicho pasillo, habían decenas de ellos,
todos inmóviles y en fila alrededor de la larga alfombra roja, observándome con
sus penetrantes ojos. Una corriente fría pasó por todo mi cuerpo, en momentos
de crisis como estos la única opción por la que opta mi cerebro siempre es la
huida , así que mirando esta vez hacia el piso comencé a dar largos pasos hacía
la salida y me sentí como aquel personaje bíblico, abriéndome paso
milagrosamente ante un mar salvaje, sólo que en mi caso este mar era un mar de
ojos tenebrosos y repugnantes.
Salí
hacia el viejo laboratorio. En el camino no había nadie como de costumbre, el
único ruido que se escuchaba era el susurro del los árboles y mis pasos. Y de nuevo estaba solo y no pude evitar
sentir esa extraña nostalgia, pensé en
mi situación, en el grabe error que había cometido, y sobre todo en mi vanidad,
en mi maldita vanidad. Finalmente llegué
, el viejo edificio estaba ahí en frente
mío y al entrar , entró en mi una gran dicha, la dicha de llegar por fin a casa.
Desempolvé
todo, los papeles, los artilugios, mis creaciones, mi orgullo, me desempolvé a
mi mismo. Al ver los planos de todos mis trabajos del último año me sentí
satisfecho. La felicidad se desenvolvía en cada hoja, en cada letra , en cada ecuación.
Ese lugar era mi paraíso, mi mundo entero. Pero tan pronto como la dicha me envolvía con cada cosa que mis ojos veían, desapareció de golpe al ver dichos planos, al tocar ese cuaderno, el cuaderno maldito, allí donde estaba atestiguado mi crimen, mi inmundicia, aquel portador de mis pesadillas, mis remordimientos. Y así empezaron a surgir los recuerdos, y veía mi sonrisa, llena de avaricia y me daba miedo, no sólo la sonrisa, si no mi misma existencia.