A Diam Crovaleft le encantaba anonadarse en la sangre de sus víctimas, cada mancha, cada gota, eran su delirio, su éxtasis y a su vez la definición más explicita de lo que él llamaba arte. De esta forma, con cada una de sus "adquisiciones" se desbordaba en gozo y saciaba su sed de arte, creando así, a través de la oscuridad del acto, lo que él pensaba era la obra más perfecta de toda la historia.
Cada mañana al salir de su galería, mientras caminaba por las lujosas calles de su ciudad, se dedica a buscar detenidamente la inspiración y los "materiales" para su próxima pieza. A veces tardaba sólo un instante, otras veces horas e incluso días, pero cuando la encontraba, su mente y su cuerpo sólo obedecían a ese deseo innato de alterar lo existente en algo más hermoso y cautivante, en aquello que ni siquiera el mismo podía ni imaginar ni entender hasta el fin de su realización. Y así cegado en su concepción del mundo, Diam seducía a hombres y mujeres, los llevaba a su estudio y con la idea que su mente tuviera para la realización de la nueva obra, procedía a asesinarlos de tal forma que su idea cobrara vida (en un sentido bastante irónico).
Generalmente drogaba a sus víctimas hasta que quedaran inconscientes (a menos que su obra le exigiera expresiones que sólo el miedo puede producir en las personas) y después con extremo cuidado procedía a acuchillar, mutilar y despellejar sobre un inmenso lienzo reservado para ese instante, pero no deliberadamente, si no como su instinto artístico se lo indicaba. De esta forma con tan sólo atravesar la carne fresca con un cuchillo, al clavar con fuerza su cincel sobre esa masa inerte rebosante en sangre tibia y al desollar delicadamente alguna que otra parte del cuerpo que tenía sobre su lienzo, se sentía pleno, embelesado, completo, y cada gota, cada mancha, cada color en la piel, la sangre y la musculatura, le daban a su pieza la forma que su mente tanto había imaginado. Y Diam se sentía como un dios, se sentía poderoso, magnificente, porque era aquel artista, aquel genio, que había demostrado que todo en el mundo es hermoso, incluso la misma muerte.
El día en que por fin abrió su obra ante los ojos del mundo, atrapado en su misma arte, decidió mostrarse a sí mismo como una pieza de arte y así, ante un sin fin de personas aterrorizadas por lo que veían sus ojos, se clavó a sí mismo en su lienzo, atravesándose una varilla por su pecho, y con el corazón en la punta de esta, a la vista de todo espectador, les dejo claro que su obra, sería indiscutiblemente, inolvidable.